“Llámenlo una prótesis de memoria” - Charles Stross en Second Life
Al frente estaba el avatar de Charles Stross. Era un poco más delgado que el personaje real, pero fácilmente reconocible: cabeza rapada, gafas de marco negro, barba prominente y un nick delator: Autopope Writer (su web se llama antipope.org, nombre que un administrador de sistemas borracho le asignó por error en los inicios de Internet luego de que Stross le dictara “Autopope”). El autor de Cielo de Singularidad, Accelerando y Halting State estaba sentado en el escenario del Salon Room, Central Nexus junto a dos moderadoras de Extropia. Yo iba dos minutos tarde: había entrado a Second Life, me había teletransportado y el mundo se demoraba en cargar, una señal inequívoca de lo lleno que estaba.
Encontré una silla disponible y me proyecté hacia allá. Me senté. A mi alrededor había gran variedad de avatars: un robot de madera con extremidades cúbicas, un conejo rosado con kimono blanco, un hombre con piel de circuito integrado y uno con brazo protésico. Todos hacían preguntas y comentaban, y Autopope iba respondiendo en el orden que indicaba un tablero colgado en la pared de la habitación. Mientras iba leyendo, conocí un poco la personalidad de Stross: su riguroso escepticismo: “no creo en la suerte, creo en el reconocimiento de patrones… la suerte es solo un artefacto de nuestra arquitectura neurológica”, su arrogancia: “la gente compra productos que anuncian por spam porque, tristemente, la gente está hecha de e-s-t-u-p-i-d-e-z”, su paranoia: “nos acercamos rápidamente a un estado de vigilancia realmente asustador”, y su extraño sentido del humor: “aquí en Escocia, la edad mínima para beber son 5 años”. “No me gustan las teleconferencias: uno no se puede meter el dedo en la nariz o mirar feo a los idiotas que están al otro lado de la línea”.
Con esta personalidad, Charles Stross podría parecer una persona chocante y con pocos amigos, pero la verdad es que tiene muchos fans, y gracias a ellos ha podido dedicarse a escribir tiempo completo desde hace tres años.

A continuación traduzco partes del chat relacionadas con H2blOg. El chat completo se puede leer en inglés aquí.
Escribir ciencia ficción del futuro próximo es *difícil*. El futuro solía parecer predecible – más de lo mismo, sólo que con carros voladores. Pero desde hace 30 o 40 años las cosas se pusieron no-lineales. (Sobre los carros voladores: podrías querer un carro volador, pero no que el hijo de 16 años de tu vecino manejara el carro volador de su papá con un six pack de cerveza. ¿Verdad? El modo de fracaso por defecto para un carro volador es bastante terminal).
Yo no estoy escribiendo para los transhumanistas. Estoy escribiendo para los geeks. De 1920 a 1970 la ciencia ficción hablaba sobre incrementos en delta-V – aceleración, velocidad, viajes. Imitaba la obsesión modernista con el transporte y la comunicación. Pero en los 70s nos estrellamos contra un muro enérgico – no podíamos ir más rápido. Mientras tanto, se estaba poniendo en marcha la revolución de las tecnologías de la información. La Ley de Moore nos dio un progreso exponencial diferente del aeroespacial. Pero los escritores más viejos de ciencia ficción seguían con su estrategia de la exploración espacial. Mientras tanto los chicos que estaban interesados en las ciencias exactas dejaron la ingeniería aeroespacial y terminaron siendo sysadmins de UNIX. Y la mayoría de los escritores más clásicos de ciencia ficción no se han dado cuenta de este cambio en el nuevo círculo de lectores y no les están escribiendo a ellos. Neal Stephenson se dio cuenta. Vernor Vinge se dio cuenta. *Yo* me di cuenta. Y esa es la razón por la que estoy escribiendo otro tipo de ciencia ficción – para un grupo de lectores cuya métrica para el análisis del progreso es diferente.
Quiero las gafas de Halting State. No tengo problemas con las gafas que tienen pantallas de video, pero lo que yo quiero son gafas de video con un CCD (dispositivo de cargas eléctricas interconectadas) en el exterior, de forma que actúen como ojos de cámara de video. Con mejoras en la imagen, multiespectrales o con imágenes infrarrojas, zoom, y la capacidad de renderizar imágenes 3D (por ejemplo, de Second Life) en imágenes del mundo real. Adicionen GPS y pueden caminar por el mundo real mientras lo ven interactuar con Second Life. También la capacidad de grabar todo lo que ven para posteridad. Adicionen GPS y etiquetado de voces para metadatos y pueden buscar todo su historial. Llámenlo una prótesis de memoria.
Sobre películas: probablemente no ocurra pronto. (Vender los derechos para cine y ver la producción de una gran película taquillera es, para un escritor de ciencia ficción, el
equivalente de ganar la lotería). Además, la longitud ideal de un trabajo de ficción que vaya a ser adaptado al cine es en formato novella (de 75 a 125 páginas en formato escrito). Las novelas son demasiado largas, y para adaptarlas a cine, tienen que cortarles mucho. Por otro lado, el control de un autor sobre su obra una vez ha vendido los derechos para cine es aproximadamente cero (a no ser que el autor sea J.K. Rowling, famoso y lo suficientemente rico como para comprarse una participación en la producción – sólo cuesta algunos millones de dólares).

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Anathem entra a la moda Agua/Cero: ciencia ficción con soundtrack
¡Anathem, la nueva novela de Neal Stephenson, viene con música inspirada en la historia! 7 tracks para ambientar la lectura de la novela. El concepto es igual al de nuestro primer libro, Agua/Cero, sólo que Anathem viene con CD y Agua/Cero viene con un acceso para descargarla. Yo no había leído a Stephenson desde Snow Crash y esta es la mejor oportunidad para hacerlo. Espero que la traducción de Anathem también incluya el soundtrack — debido a su longitud (Anathem tiene 935 páginas), las traducciones al español de Stephenson se suelen publican en tomos. Eso depende de la editorial que la compre.
Según Cory Doctorow en boingboing: “es una música increíblemente extraña y maravillosa”. Realizada por David Stutz, desarrollador de software conocido por su papel en tecnologías como NeXT y Visual Basic, que además escribió una carta abierta a Microsoft explicándoles cómo co-existir en un mundo Open Source, y que ahora está dedicado a componer esta música tan “rara y hermosa”.
En el sitio In Pursuit of Mysteries listan los tracks de la música del mundo de Anathem:
- Aproximating Pi
- Thousander Chant
- Proof Using Finite Projective Geometry
- Cellular Automata
- Quantum Spin Network
- Sixteen Color Prime Generating Automation
- Deriving the Quadratic Equation
Y el reseñador dice:
Acabé de escuchar varias canciones de este CD que, francamente, es una mierda rarísima. Digo esto sin reservas. Los estilos musicales provienen de todo el mundo, con la excepción de que sólo usan voces humanas (y ocasionalmente manos). Algunas partes son similares al canto occidental cristiano. Otros tracks tienen arreglos vocales más clásicos. El resto parece estar fuertemente influenciado por los cantos Orientales, Budistas, especialmente por el Budismo Tibetano con su uso de armónicos y voces que se superponen. Varía un poco de canción en canción. Adicionalmente, cuando hay palabras que se escuchan, no están en inglés (o en otro idioma reconocible).

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Ganadores de los Premios Locus 2008
Estos premios son elegidos anualmente por los lectores de la revista Locus, y el de este año se realizó ayer, en el Courtyard Marriott Hotel de Seattle. La escritora Connie Willis presentó a los ganadores:
Novela de Ciencia Ficción:
The Yiddish Policemen’s Union, Michael Chabon (HarperCollins)
Novela de Fantasía:
Making Money, Terry Pratchett (Doubleday UK; HarperCollins)
Libro para Jóvenes Adultos:
Un Lun Dun, China Miéville (Ballantine Del Rey; Macmillan UK)
Primera Novela
Heart-Shaped Box, Joe Hill (Morrow; Gollancz)
Novella
“After the Siege”, Cory Doctorow (The Infinite Matrix Jan 2007)
Novelette
“The Witch’s Headstone”, Neil Gaiman (Wizards)
Cuento
“A Small Room in Koboldtown”, Michael Swanwick (Asimov’s Apr/May 2007)
Colección de cuentos
The Winds of Marble Arch and Other Stories, Connie Willis (Subterranean)
Antología
The New Space Opera, Gardner Dozois & Jonathan Strahan, eds. (Eos)
No-ficción
Breakfast in the Ruins, Barry N. Malzberg (Baen)
Libro de Arte
The Arrival, Shaun Tan (Lothian 2006; Scholastic)
Editor
Ellen Datlow
Revista
F&SF
Editorial
Tor
Artista
Charles Vess
(fuente: LOCUS Online)

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Ciudades Virtuales y Literatura: Neuromante, Snow Crash y Accelerando
El escritor boliviano radicado en Estados Unidos Edmundo Paz Soldán presentó el siguiente texto, Ciudades Virtuales y Literatura en el evento “Nuevos pasajes; nuevos paseantes: narrativas de la ciudad en el mundo contemporáneo”, realizado el año pasado en Buenos Aires, y nos ha autorizado su reproducción en H2bl0g.
Rick Hoogestrat se casó el pasado mayo con Tenak Jackalope. Al hombre, de cincuenta y tres años, le va muy bien: tiene veinticinco empleados y es dueño de un centro comercial, una playa privada, una discoteca y un cabaret. El problema sin embargo, es que Rick vive en Arizona y no conoce en persona a Tenak; el nombre real de Tenak es Janet Spielman, una viuda de treinta y ocho años que vive en Canadá. La esposa de Rick en la vida real, Sue Hoogenstrat, se halla muy molesta con él. Rick pasa catorce horas al día en el mundo virtual llamado Second Life y dice que todo es un juego. Sue no le ve el lado cómico al asunto. Su esposo, después de todo, pasa más horas al día como Dutch Hoorenbeck, conversando con Tenak. A Sue le molesta que Dutch viva con Tenak en un departamento en Phantom Island, que ambos paguen la hipoteca juntos, tengan dos perros y se pasen horas en el centro comercial y paseando en motocicleta.
Es oficial: Second Life ha dejado de ser conocido sólo por los lectores de la revista Wired y se ha convertido en moneda común. El universo virtual creado por Linden Lab tiene ya nueve millones de habitantes y está siendo colonizado poco a poco por las grandes corporaciones: Adidas y Citibank, entre muchas otras, ya han abierto sus oficinas allí. La agencia de noticias Reuters tiene asignado un reportero permanente, y la campaña presidencial de Barack Obama cuenta con un buen número de seguidores que van de puerta en puerta virtual para expandir su base de votantes. La Filarmónica de Nueva York dará pronto allí su primer concierto, para doscientas personas. Hace apenas dos años todo esto era impensable, pero ahora se está llegando a un punto en el que, así como tener un carnet de identidad y un correo electrónico son parte imprescindible de la vida cotidiana, disponer de un “avatar” en Second Life será pronto el nuevo elemento sin el cual no podremos vivir.
Se podría especular hasta el cansancio qué es lo que lleva a gente aparentemente normal a descolgarse de la realidad para conectarse durante varias horas al día en un simulacro de realidad. Puede ser que, como dicen los científicos en estudios recientes llevados en cabo en la universidad de Stanford y en la de Washington, el cerebro del hombre simplemente no esté preparado para el siglo veintiuno, de modo que es incapaz de distinguir entre una experiencia virtual y una real, con lo cual todo vendría en el fondo a ser el mismo: la melancolía que experimentamos cuando nuestro “avatar” escucha, al lado de una fogata en la noche, una canción que nos recuerda a un gran amor, es similar a la melancolía que experimentamos cuando vamos de campamento en la vida real y, al lado de una fogata, escuchamos una canción que nos recuerda a un gran amor. También podríamos hablar hasta el agotamiento de las insatisfacciones de la vida real –la falta de emociones intensas, la rutina soporífera–, que nos lleva a buscar complementos y sustitutos en la vida virtual.
En este trabajo, lo que me interesa es explorar cómo un par de novelas de hace más de una década se atrevieron a imaginar algunos de los contornos del paisaje que se despliega hoy ante nuestros ojos, en el que las ciudades y los mundos virtuales comienzan a ser parte de la vida cotidiana de los habitantes de las ciudades reales; también quiero comparar a esas novelas con una más reciente. Las tres son de ciencia ficción: las dos primeras, muy conocidas, son Neuromancer (1984), de William Gibson, y Snow Crash (1992), de Neal Stephenson. La tercera es Accelerando (2006), de Charles Stross.
No quiero caer en el error común de valorar una obra de ciencia ficción simplemente por su destreza predictiva. Se suele juzgar a la ciencia ficción por su capacidad de imaginar el futuro; se mide a los escritores del género con la vara con que Victor Hugo pedía medir a los poetas: como profetas y visionarios. Nadie discute si Verne, Wells o Dick eran buenos escritores; cuando se habla de ellos, es inevitable discutir cuán acertadas o no fueron sus predicciones. Y sin embargo, quizás Verne, Wells y Dick no son importantes por ello sino porque fueron grandes narradores que, al imaginar el futuro, dejaron constancia de los sueños, ansiedades y pesadillas de la Francia del “siglo del progreso”, de la Inglaterra a fines de la era victoriana, del paranoico Estados Unidos de la “guerra fría”.
Lo que me interesa aquí entonces es ver cómo la ciencia ficción, aunque dice cosas del futuro, retrata sobre todo nuestro zeitgeist actual, y por ello nos puede ayudar a entender el presente. Si la literatura suele ser una suerte de laboratorio textual donde se experimenta con diversos modelos de relacionamiento interpersonal y de reconfiguración social, entonces quizás Neuromancer y Snow Crash sean buenos puntos de partida para empezar a entender este mundo nuevo en el que lo real se articula con lo virtual de maneras muy complejas, y se expande nuestra capacidad de percepción y sensación.
Neuromancer
La novela del canadiense-norteamericano Gibson, central en el canon de lo que en esos días vino a llamarse literatura cyberpunk, ocupa también un lugar privilegiado en el panteón de la cultura popular porque fue en sus páginas que apareció por primera vez la palabra ciberespacio, término que fue imaginado y definido por Gibson con notable precisión. En la novela, el protagonista principal, Case, es un “cowboy”, un mercenario cuyo trabajo consiste en pasar gran parte de su día en las ciudades virtuales del ciberespacio, tratando de robar información para quienes lo contratan.
Lo novedoso del trabajo de Case es que, a la manera de un oficinista de la dirección de impuestos o un empleado de banco, su trabajo no consiste en arriesgar su vida en las calles peligrosas donde los cowboys y mercenarios reales suelen desplegar sus actividades, sino en ingresar a un cubículo donde su vida suele estar a salvo. De hecho, en la imaginería de Gibson, los lugares desde donde uno se conecta al ciberespacio son análogos a “ataúdes”, blancos y de fibra de vidrio pero “ataúdes” al fin: así de estáticos, con la obvia sugerencia de una muerte en vida para Case.
Como dice Mauricio Montiel en La errancia, Walter Benjamin sugirió que “la ciudad era –y sería—el campo de acción del viajero contemporáneo, el territorio que sus pasos irían reconociendo día tras día para constituir un mapa móvil, en perpetua evolución, que se superpondría a los de los antiguos exploradores” (13). ¿Qué le pasa a ese viajero de la ciudad a fines del siglo XX y a principios del XXI? ¿Cómo ha evolucionado el mapa móvil de Benjamin? ¿Qué es lo que se explora hoy?
El primer elemento de cambio fundamental en la experiencia de la ciudad hoy es que el flaneur de Benjamin ya no necesita salir a la calle para hacer suyo el paisaje urbano, deambulando por parques y centros comerciales como si en ello se le fuera la vida. Case, con los electrodos conectados a su cabeza en el ataúd de fibra de vidrio, tiene un campo de acción diferente. Es un “constructo artificial” el que lleva a cabo las actividades de Case en esa “alucinación consensual” que es el ciberespacio.
Case no es un flaneur propiamente dicho, pero en su experiencia también se encuentra el deambular por la ciudad:
There seemed to be a city, beyond the curve of beach, but it was far away… The city, if it was a city, was low and gray. At times it was obscured by banks of mist that came rolling in over the lapping sun… He turned his head and stared out to sea, longing for the hologram logo of Fuji Electric, for the drone of a helicopter, anything at all… When he’d taken a dozen steps in the direction of the now invisible city, he turned and looked back through the gathering dark… He estimated that he’d covered at least a kilometer before he noticed the light. (225-26)
Parecía que había una ciudad más allá de la curvatura de la playa, pero estaba lejos… La ciudad, si era una ciudad, era baja y gris. A ratos la oscurecía la niebla que se deslizaba sobre el sol… Él giró la cabeza y miró hacia el mar, ansiando encontrarse con el logotipo en forma de holograma de Fuji Electric, con el ruido de un helicóptero, con cualquier cosa… Cuando hubo dado una docena de pasos en dirección a la ciudad ahora invisible, se dio la vuelta y miró hacia atrás a través de la creciente oscuridad… Concluyó que había recorrido por lo menos un kilómetro antes de percibir la luz.
Case puede caminar un kilometro sin moverse. La ciudad que aparece ante sus ojos no es la misma de la realidad, pues para experimentar su matriz debe ocurrir una “drástica simplificación de los sentidos del hombre” (54). Se trata de una “representación gráfica de datos sacados de los bancos de todas las computadoras en el sistema humano” (51). Cuando Case se mueve por las calles y se pierde entre la multitud, puede escuchar fragmentos de música y oler perfume y orín. Pero en ese viaje al ciberespacio, el cuerpo prácticamente desaparece –de hecho, los “cowboys” desprecian el cuerpo– y es visto en menos: todo se experimenta a través de la conciencia, del cerebro.
William Gibson no está de acuerdo con los analistas culturales que comparan las comunidades virtuales que han aparecido últimamente con la que aparece representada en Neuromancer. Hay, es cierto, una diferencia fundamental entre la Second Life de hoy y el ciberespacio tal como Gibson lo imaginó. En Second Life, el jugador está muy consciente de la diferenciación entre su realidad y la realidad de su avatar; no hay una “inmersión total”. En el ciberespacio de Gibson, se pierde esa diferenciación: cuando Case ingresa en el ataúd de fibra de vidrio, conecta los electrodos a su cabeza y hace el “flip”, el ciberespacio se convierte en la realidad de Case.
Snow Crash
En cuanto a la novela de Stephenson, Snow Crash, la realidad que allí se describe es mucho más similar a la experiencia que Second Life puede proporcionar que a la de Neuromancer. El protagonista, Hiro, ingresa al Metaverso desde el living de la casa que comparte con Vitaly Chernobyl. Lo único que necesita son auriculares y “goggles” –versiones sofisticadas de aquellos que se usan para la natación–. La computadora proyecta sonido en estéreo digital en los auriculares e imágenes en tercera dimensión en los “goggles”, de modo que Hiro no está en la casa sino en “un universo generado por computadora” (24). No hay un aislamiento total; cuando Vitaly toca la guitarra, Hiro la puede escuchar.
Stephenson menciona continuamente la relación que existe entre los dos planos en los que se mueve Hiro: el Metaverso, y la Realidad (escrita con mayúsculas). El Metaverso es una versión exagerada de la Realidad; allí siempre es de noche, y la ciudad es usada como un punto de comparación: Downtown, por ejemplo, es como “una docena de Manhattans” (26); la calle principal está generalmente ocupada por el doble de la cantidad de gente que vive en Nueva York.
El Metaverso se esfuerza porque los “avatares” que lo pueblan no “destruyan la metáfora” (36), es decir, mantengan la ilusión, no rompan el principio de verosimilitud. Hay reglas a seguir: por ejemplo, “El protocolo de la Calle señala que tu avatar no puede ser más alto que tú” ["The Street protocol states that your avatar can’t be any taller than you are"] (41); o: “materializarse de la nada (o desvanecerse de regreso a la Realidad) se considera una función privada que hay que dejar para los confines de tu casa”; ["materializing out of nowhere (or vanishing back into Reality) is considered to be a private function best done in the confines of your own house"] (36). Sin embargo, no siempre se siguen las leyes de la Realidad. En el Metaverso hay barrios donde las reglas básicas del tiempo y el espacio no funcionan, o lugares donde la gente puede dedicarse a matarse entre sí.
A diferencia del ciberespacio de Gibson, el Metaverso de Stephenson es un lugar hiperdesarrollado comercialmente. El Metaverso está controlado por GMPG (Global Multimedia Protocol Group); las grandes corporaciones que quieran hacerse de un lugar en el Metaverso deben primero conseguir la aprobación del GMPG. Así, el Metaverso funciona a través de las más darwinianas leyes de funcionamiento del mercado capitalista. Gente como Hiro ha conseguido un espacio gracias a que ha llegado primero.
Stephenson también insiste en que el Metaverso es, pese a sus reglas estrictas, un lugar para el desarrollo de las fantasías individuales. Esto puede verse en la forma en que los participantes del juego escogen a sus avatares: “Si eres feo, puedes hacerte de un avatar hermoso. Si te acabas de levantar de la cama, tu avatar puede seguir vestido con ropas maravillosas y maquillaje aplicado profesionalmente. En el Metaverso puedes lucir como un gorila o un dragón o un pene gigante y hablador”; ["If you are ugly, you can make your avatar beautiful. If you’ve just gotten out of bed, your avatar can still be wearing beautiful clothes and professionally applied makeup. You can look like a gorilla or a dragon or a giant talking penis in the Metaverse"] (36). Hiro, el “hacker”, es en el Metaverso un “príncipe guerrerro”: “cuando vives en un lugar de mierda, siempre puedes recurrir al Metaverso” (63).
Por supuesto, las fantasías también tienen su precio. Comprarse un “avatar” customizado es caro, por lo cual la mayoría de la gente debe recurrir a “avatares” que se encuentran en los estantes de las tiendas y cuyo diseño varía muy poco de uno a otro modelo; los más populares son Brandi, para las mujeres, y Clint, para los hombres. Además, si a uno se le da a elegir qué quiere ser en este mundo de fantasía, serán escasos los que decidan voluntariamente ser obreros o niños. Hay una preponderancia de actores y estrellas de rock.
Está claro que, si la cuestión económica importa tanto en el Metaverso, la diferenciación de clases y razas de las participantes suele ser obvia: la mayoría de los participantes son norteamericanos y asiáticos, y hay una alta concentración de gente con mucho dinero y que está muy al tanto de la moda. Si todos los avatares son guapos y relucinentes, tener uno muy rudimentario, en blanco y negro, como el de Juanita, una de las principales diseñadoras del Metaverso, se convierte en un gesto de rebeldía.
Stephenson se enfoca en la infraestructura de estos mundos virtuales de fantasía, y convierte a su novela en una aguda crítica social de la que está exenta la novela de Gibson. En Snow Crash, la plaga de la fantasía que aflige a las nuevas ciudades virtuales es la de un espacio restrictivo, en el que no hay libre acceso para todos, y en el que las diferencias económicas, de clase y raza terminan por jugar un papel preponderante en el triunfo social que uno pueda llegar a conseguir en el Metaverso. Se trata de una fantasía pesadillesca en la que no hay lugar para todos y en el que el determinismo social y el darwinismo económico parecen ganarle la partida a las buenas intenciones de crear un espacio virtual que permita la libre expresión.
Hiro, el flaneur del Metaverso, no es un hombre de extracción social acomodada; su suerte, aquello que le permite sobrevivir en el Metaverso, es su habilidad tecnológica. Es, como Case en Neuromancer, un hacker, alguien que se especializa en obtener información de todo tipo: “It may be gossip, videotape, audiotape, fragment of a computer disk, a xerox of a document” (21). Esa información obtenida es luego descargada en la Biblioteca –un lugar que solía contener libros y ahora sólo tiene muchos unos y ceros que pueden leerse a través de máquinas–; los clientes que quieran usar esta información deberán pagarle a Hiro.
Tanto Gibson como Stephenson sugieren que el gran material de oferta y demanda de los nuevos escenarios virtuales es la información. En “las alucinaciones consensuales” del ciberespacio y del Metaverso, ya no importan los objetos sólidos que eran valorados en las grandes ciudades del siglo XIX y el XX. Aquí lo que prima es la importancia que una determinada combinación de unos y ceros tenga en los futuros clientes. Para sobrevivir en estas ciudades, si uno no pertenece a la clase social privilegiada, deberá ser alguien que trabaja al margen de la ley valiéndose de sus habilidades tecnológicas. Case, el “cowboy”, y Hiro, el “príncipe guerrero”, son hackers, seres especializados en penetrar en lugares virtuales vedados a otros.
Accelerando (2006)
Termino con dos narrativas recientes relacionadas con estos mundos virtuales. Una pertenece a Cory Doctorow, la otra al inglés Charles Stross, dos de los principales escritores de la ciencia ficción contemporánea. En “Anda’s Game”, un cuento de Doctorow en el libro Overclocked (2007), lo que se hace patente es que en los mundos virtuales de hoy la división colonial del trabajo de otras épocas sigue vigente. El cuento trata de una fábrica maquiladora virtual: los obreros que reciben un sueldo miserable para pasarse muchas horas al día frente a la computadora haciendo actos rutinarios para conseguir puntos que permitan a los patrones comprar algunas de las vestimentas y armas preciadas por los jugadores de las comunidades virtuales (estas vestimentas y armas se pueden comprar luego en eBay). Mientras los jugadores se conectan al juego desde las grandes capitales de Occidente y en los países más desarrollados del continente asiático, las maquilas se instalan en países como México e Indonesia. Parecería que, en relación a ciudades y mundos virtuales, algunas cosas deben cambiar para que todo permanezca igual.
En cuanto a la novela de Stross, Accelerando (2006), aquí el principal personaje es Manfred Macx, un capitalista filántropo que se encarga de desarrollar tecnologías y luego permitir el libre uso de ellas. A diferencia de los personajes de Gibson y Stephenson, Macx vuelve a caminar por la ciudad, pero ahora lo hace con unos lentes –“goggles” también—que le permiten recibir continuamente información. Al comienzo de Accelerando, Macx acaba de llegar a Amsterdam:
Martes de un cálido verano, y él se halla en la plaza al frente de la Centraal Station con sus pupilas mirando a todas partes y los rayos del sol reflejándose en el canal, scooters y ciclistas kamikaze manejando a toda velocidad, y turistas cuchicheando por todas partes. La plaza huele a agua y suciedad y metal caliente y el humo exhausto de los convertidores catalíticos; suenan al fondo las campanas de los tranvías, y los pájaros vuelan sobre su cabeza. Él mira al cielo y coge una paloma, recorta la foto y la coloca en su blog para mostrar que ya ha llegado. (3)
Macx camina eufórico por Amsterdam, con el “dinámico optimismo de otra zona temporal, otra ciudad”. Pero no se trata sólo de la ciudad—de los punks y los barcos de turistas y los molinos que encuentra a su paso–, sino de lo buena que es su banda ancha, pues Macx, mientras camina, va, a través de sus lentes, escribiendo su blog y recibiendo información: “Sus canales se despliegan en una esquina de la pantalla, disparando información comprimida de prensa, luchando por su atención, peleando agresivamente frente al paisaje” (8). Así, mientras espera una invitación para una reunión de negocios, Macx se entera de que Rusia ha reelegido a un gobierno comunista y China se prepara para rehabilitar a Mao, y el gobierno de los Estados Unidos está lidiando con los problemas acarreados por la división de Microsoft en tres compañías (9).
En la novela de Stross, la biotecnología ha logrado la fusión del hombre con la máquina. Nuestro cerebro, nuestros órganos de percepción, todavía nos sirven, pero ahora funcionan ayudados por chips e instalados en nuestro cuerpo. Si los lentes se le pierden, Macx pierde la capacidad de entender todo lo que lo rodea.
Las fantasías de Gibson y Stephenson eran de su tiempo, de un momento histórico en que las computadoras portátiles no eran tan poderosas como eran hoy. Ahora, gracias a las conexiones sin cables, gracias a los chips sofisticados que se pueden encontrar en los iPods, cámaras digitales y celulares que llevamos a todas partes, los personajes de Stross vuelven, como imaginaba Benjamin, a deambular por las calles de las grandes ciudades. La única diferencia es que ahora llevan el ciberespacio o el Metaverso consigo, de modo que lo real termina fusionado con lo virtual.
***
Accelerando de Charles Stross se puede descargar (en inglés) con licencia Creative Commons:
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Charles Stross en Google, Charles Stross en el metaverso
“Si William Gibson y Bruce Sterling fueron los alfa cyberpunks del siglo pasado, entonces Charles Stross y Cory Doctorow se han vuelto los alfas de este siglo”, dicen los editores James Patrick Kelly y John Kessel en el libro Rewired: the Post-Cyberpunk Anthology.
Ya nuestros lectores líquidos han leído bastante sobre Cory Doctorow, y mañana sábado 21 de junio tendrán la oportunidad de preguntarnos sobre Charles Stross (que ha publicado en español las novelas Cielo de Singularidad, Amanecer de Hierro y La Casa de Cristal) en Extropia, la grande y prestigiosa ciudad futurista/transhumanista de Second Life. El encuentro será en el Sophrosyne’s Special Salon de 1.00 a 2.30 P.M. en hora SLT (la hora que se ve en la parte superior derecha de la interfaz del software). Allá podremos dialogar directamente con Charles Stross y preguntarle sobre la singularidad tecnológica, las tecnologías de punta, los mundos virtuales, la realidad aumentada, su novela finalista al premio Hugo Halting State y sus próxima novela Saturn’s Children.
Para saber más sobre Charles Stross, pueden ver (en inglés) la siguiente conferencia, que hace parte del programa Authors@Google.
(Foto: © Liza Groen Trombi, Locus Online)

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Descarga gratis “Tocando Fondo: en el Reino Mágico” de Cory Doctorow - en español
La editorial AJEC publicó la primera novela de Cory Doctorow (y la primera traducida al español) Tocando Fondo: en el Reino Mágico con licencia Creative Commons. Como ya lo he mencionado, esta licencia permite leer, imprimir, descargar y difundir la novela, así como mejorar la traducción, hacer ilustraciones basadas en el libro, escribir historias basadas en los personajes de las novelas, adaptaciones a cine, música, teatro, etcétera, siempre y cuando el material resultante también esté bajo la licencia CC y sea sin ánimo de lucro.
Sobre esta novela, Tim Pratt dijo en la revista Strange Horizons: ”no sería una exageración decir que el trabajo de Doctorow es una de las razones principales por las que sigo leyendo ciencia ficción, así que estaba esperando su primera novela con gran anticipación. ¿El simple veredicto? Es buena. Un libro rápido, divertido e inteligente, que entretiene tanto que sólo por medio de la reflexión se vuelve evidente su profundidad y su sorprendente sofisticación.”
La novela está ambientada en Disney World y empieza así:
En mi larga vida he llegado a ver la cura para la muerte y el ascenso de la Sociedad Bitchun; he tenido tiempo de aprender diez idiomas, de componer tres sinfonías y de realizar el sueño de mi infancia de establecerme en Disney World; he visto el fin de los centros de trabajo, y aún del trabajo mismo.
Sin embargo, nunca pensé que viviría lo suficiente como para ver el día en el que el Incombustible Dan decidió cabecear hasta la muerte entrópica del Universo.
Puedes descargar aquí la versión completa en PDF.

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“Fuente de la Vejez” de Nancy Kress en Axxón 186
Los amigos de Axxón han publicado en su número 186 (que se irá actualizando durante Junio) la novela corta ganadora del Premio Nébula de este año Fountain of age de Nancy Kress, traducida por Claudia De Bella. Puedes leer toda la historia aquí
La tenía en un anillo. En aquellos días, uno llevaba encima trozos de personas. No como hoy.
Un mechón de pelo, una gota de sangre, un beso de lápiz labial en un papel… esas cosas eran reales. Uno podía guardarlas en un relicario, o en un estuche de bolsillo, o en un anillo; podía llevarlas consigo, acariciarlas. Nada que ver con estos hologramas. ¿Quién puede atesorar sombras de láser? O las “re-creaciones” de la nanotecnología… peor aún. Bah. ¿Acaso el Amo del Universo “re-creó” al mundo después de que explotara un poquito? Nunca. Se las arregló con el original, como toda persona sensata.
Así que la tenía en un anillo. Y conservé el anillo cuarenta y cuatro años, antes de que el mundo moderno se lo comiera. Literalmente, se lo comiera… díganme: ¿dónde está la justicia?
¡Ah, y era tan hermosa! No malformada por la genemod como esas chicas modernas, de cinturas tan flacas y traseros enormes y senos repulsivos. No, ella era natural, una mujer real, una diosa. Cabellera negra, salvaje como las aguas turbulentas, piel olivácea, ojos verdes. Recuerdo el tono exacto de verde. Ni césped, ni esmeralda, ni moho. Su propio tono. Recuerdo.

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Demonios biométricos - la trilogía de Philip Pullman inspira nuevas tecnologías
Los animales demonio acompañan a la gente a donde vayan, son representaciones físicas de su alma. Y se mueren si los separan de su dueño. Eso ocurre en el mundo imaginado por el escritor de literatura fantástica Philip Pullman… y pronto ocurrirá en nuestro mundo.
Inspirados por la trilogía de novelas La Materia Oscura (cuya primera parte, La Brújula Dorada, se adaptó a cine el año pasado), investigadores de las universidades Northumbria -la psicóloga Pamela Briggs- y Newcastle -el científico de la computación Patrick Olivier- están trabajando en dispositivos que funcionen como alternativas a passwords, cédulas, números Pin, para mantener seguros detalles personales y cuentas — “demonios” biométricos del tamaño de una tarjeta de crédito que contengan toda la información personal, con la seguridad de autenticación de los sistemas biométricos y siguiendo la característica de los animales demonio de la novela de Pullman.
El Dr. Olivier le dijo a Journal Live:
La tarjeta reconocerá a su propio dueño por medio de métodos como la forma en que camina, su huella dactilar y su voz, los cuales son aspectos únicos. Todos los datos serán almacenados en la tarjeta. No los tendría el Gobierno y otras organizaciones, lo cual solucionaría muchos de los miedos que la gente asocia a las tarjetas de identificación. Si el demonio está “feliz” de estar con su dueño, puede ser usado para, por ejemplo, retirar dinero de una máquina o acceder a un edificio. En el momento en que al demonio lo alejen de su dueño, lo notará, se pondrá “triste” y hará alguna señal, un ruido, o algo similar. No podrá ser usado y eventualmente morirá si no vuelve a estar con su dueño. Esto va a prevenir el robo de datos valiosos y el uso de estos datos por las personas equivocadas. Para actividades diferentes el nivel de certeza del demonio tiene que ser diferente. Por ejemplo, para retirar poco dinero de una cuenta bancaria sólo bastaría un nivel de seguridad, como el reconocimiento de la forma de caminar. Para cantidades mayores de dinero, o asuntos donde la seguridad es más importante, se necesitarían niveles extra para funcionar, como el reconocimiento de la huella dactilar”.
Los investigadores también dicen que ya existe la tecnología para fabricarlos y que lo único que falta reducir el tamaño para que sea tan grande como una tarjeta de crédito.
(Fotografía: IGN)

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Recuerdos del futuro: ciencia ficción y el experimento del CERN
Luego de la crónica del físico John Idárraga, ¿qué tal algo de ficción especulativa? Como invitado tenemos al canadiense Robert J. Sawyer con un capítulo de su novela de 1999 Recuerdos del Futuro, donde el autor se adelantó al experimento del CERN con el Large Hadron Collider e imaginó inesperadas consecuencias para la humanidad.
Esta es la descripción de la novela:
El equipo de investigación de Lloyd Simcoe y Theo Procopides está empleando el acelerador de partículas del laboratorio del CERN de Suiza en un proyecto secreto. Pero su experimento sale terriblemente mal y, durante un par de minutos, la conciencia de toda la raza humana es arrojada veinte años hacia el futuro.
Mientras la humanidad debe restañar los catastróficos efectos inmediatos del experimento, las implicaciones más serias tardan algo en aparecer. Aquellos que no recibieron visiones del porvenir tratan de descubrir cómo morirán. Otros buscan ya a sus futuros amantes. Lloyd deberá superar la culpabilidad por haber provocado accidentalmente la muerte de la hija de su prometida, mientras Theo se ve atrapado en la investigación de su propio asesinato.
A medida que las verdaderas consecuencias de lo sucedido comienzan a hacerse claras, la presión para repetir el experimento aumenta sin cesar. Todos quieren un destello del futuro, una oportunidad para saltar y ser testigo de su éxito… o para aprender a evitar sus errores.
Y este es el primer capítulo, cortesía de La Factoría de Ideas.
***
PRIMER DÍA: MARTES 21 DE ABRIL DE 2009
Un corte en el espaciotiempo…
El edificio de control del gran colisionador de hadrones (o LHC, por sus siglas en inglés) del CERN era nuevo; su construcción había sido autorizada en 2004 y terminada dos años más tarde. La instalación encerraba un patio central, inevitablemente bautizado como “el núcleo”. Todas las oficinas tenían una ventana que daba o bien al núcleo o bien al resto del extenso campus del CERN. El cuadrángulo que rodeaba este corazón era de dos plantas, pero los ascensores principales disponían de cuatro paradas: las dos de los niveles sobre el suelo; la del sótano, que albergaba las calderas y los almacenes; y la del nivel menos cien metros, que comunicaba con la plataforma del monorraíl empleado para recorrer la circunferencia de veintisiete kilómetros del túnel del colisionador. El propio túnel discurría bajo los campos de labranza, la periferia del aeropuerto de Ginebra y las colinas del Macizo Jura.
El muro sur del pasillo principal del edificio de control estaba dividido en diecinueve largas secciones, cada una decorada con un mosaico obra de artistas de los países miembros del CERN. El de Grecia mostraba a Demócrito y el origen de la teoría atómica; en el de Alemania aparecía la vida de Einstein; el de Dinamarca hacía lo propio con Niels Bohr. Pero no todos los mosaicos representaban temas de Física. El francés mostraba el horizonte de París, y el italiano un viñedo con miles de amatistas pulimentadas, representando cada una de las uvas.
La propia sala de control del LHC era un cuadrado perfecto, con amplias puertas deslizantes situadas en el centro exacto de dos de sus lados. El cuarto tenía una altura de dos plantas y la mitad superior estaba cerrada con cristal, de modo que los grupos turísticos pudieran observar los trabajos; el CERN ofrecía visitas públicas de tres horas los lunes y sábados, a las nueve de la mañana y a las dos de la tarde. Colgaban de las paredes bajo estos ventanales las diecinueve banderas de los estados miembros, cinco por paramento; el vigésimo puesto lo ocupaba la enseña azul y oro de la Unión Europea.
La sala de control contenía decenas de consolas. Una estaba dedicada a operar los inyectores de partículas y controlaba el comienzo de los experimentos. Junto a ella había otra con un lado inclinado y diez monitores que escupían los resultados de los detectores ALICE y CMS, los enormes sistemas subterráneos que registraban y trataban de identificar las partículas producidas por los experimentos del LHC. Las pantallas de una tercera consola mostraban porciones del túnel subterráneo y su suave curvatura, con el perfil “I” del monorraíl colgando del techo.
Lloyd Simcoe, un investigador canadiense, estaba sentado en la consola del inyector. Tenía cuarenta y cinco años, era alto y estaba bien afeitado. Sus ojos eran azules, y el cabello castaño, de corte militar, parecía tan oscuro que casi podía considerarse moreno (salvo en las sienes, donde empezaba a encanecer).
Los físicos de partículas no eran conocidos por su esplendor en el vestir, y hasta hacía poco Lloyd no había sido una excepción. Pero, hacía algunos meses, había aceptado donar todo su guardarropa a la sucursal en Ginebra del Ejército de Salvación, dejando que su prometida le comprara ropa nueva. Para ser sinceros, el nuevo vestuario era un poco ostentoso para su gusto, pero tenía que admitir que nunca había tenido tan buen aspecto. Aquel día llevaba una camisa beige de vestir, una chaqueta perlada, pantalones marrones con bolsillos exteriores y, en un guiño a la moda tradicional, zapatos italianos de cuero negro. También había adoptado un par de símbolos universales de posición, que además añadían un toque de color local: una estilográfica Mont Blanc, que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta, y un reloj suizo analógico de oro.
Sentada a su derecha, en la consola de detectores, estaba el cerebro detrás de aquel cambio, su prometida, la ingeniera Michiko Komura. Tenía treinta y cinco, diez años menos que Lloyd, nariz respingona y un lustroso pelo negro cortado al estilo masculino, la moda del momento.
Tras ella se encontraba Theo Procopides, el compañero de investigación de Lloyd. Con veintisiete años, era dieciocho más joven que el canadiense. Más de un bromista había comparado al maduro y conservador Simcoe y a su exuberante colega griego con el equipo de Crick y Watson. Theo tenía el pelo oscuro, espeso y rizado, ojos grises y una mandíbula fuerte y prominente. Casi siempre vestía vaqueros rojos (a Lloyd no le gustaban, pero prácticamente nadie con menos de treinta años seguía usando vaqueros azules) y una de sus infinitas camisetas con personajes de dibujos animados de todo el mundo; hoy había elegido al venerable Piolín. Otra decena de científicos e ingenieros se situaba en las consolas restantes.
Ascendiendo por el cubo…
Salvo por el suave zumbido del aire acondicionado y de los ventiladores del equipo, la sala de control estaba en silencio absoluto. Todo el mundo estaba nervioso y tenso tras un largo día de preparativos para aquel experimento. Lloyd echó un vistazo al cuarto y lanzó un profundo suspiro. Su pulso estaba acelerado y sentía un hormigueo en el estómago.
El reloj de la pared era analógico; el de su consola, digital. Los dos se acercaban a toda prisa a las diecisiete horas (que para Lloyd, a pesar de llevar dos años en Europa, seguían siendo las 5:00 pm).
Era director del grupo de casi mil físicos que empleaba el detector ALICE (siglas en inglés de “Un experimento de colisión de iones pesados”). Theo y él habían pasado dos años diseñando aquella colisión de partículas en especial, dos años para realizar un trabajo que podría haber tomado dos vidas. Estaban intentando recrear niveles de energía que no habían existido desde el nanosegundo posterior al Big Bang, cuando la temperatura del universo había sido de 10.000.000.000.000.000 grados. En el proceso esperaban detectar el santo grial de la física de alta energía, el largamente buscado bosón de Higgs, la partícula cuya interacción dotaba de masa a las demás. Si el experimento funcionaba, el bosón, y el Nóbel que sin duda correspondería a sus descubridores, estarían en sus manos.
Todo el ensayo había sido automatizado y sincronizado. No había ninguna enorme palanca que bajar, ningún botón que pulsar escondido detrás de una pantalla deslizante. Sí, Lloyd había diseñado y Theo codificado los módulos básicos del programa de aquel experimento, pero ahora todo lo controlaba el ordenador.
Cuando el reloj digital alcanzó las 16:59:55, Lloyd comenzó la retrocuenta en voz alta.
—Cinco.
Miró a Michiko.
—Cuatro.
Ella le devolvió la sonrisa para animarlo. Dios mío, cómo la quería.
—Tres.
Desvió su atención al joven Theo, el wunderkind, el joven prodigio que Lloyd siempre había querido ser, mas sin éxito.
—Dos.
Theo, siempre altanero, le mostró el puño cerrado con el pulgar hacia arriba.
—Uno.
Dios mío, por favor…, pensó Lloyd. Por favor.
—Cero.
Y entonces…
Y entonces, de repente, todo varió.
Se produjo un cambio inmediato en la iluminación: la pálida luz de la sala de control fue reemplazada por la del sol, filtrada a través de una ventana. Pero no hubo ajuste ni molestia, y las pupilas de Lloyd no se contrajeron. Era como si siempre hubiera estado acostumbrado a aquella luz más brillante.
Pero no era capaz de controlar sus actos. Quería mirar alrededor, ver lo que sucedía, mas sus ojos se movían por voluntad propia.
Estaba en la cama, al parecer desnudo. Podía sentir las sábanas de algodón deslizándose por su piel al incorporarse sobre un codo. Al mover la cabeza alcanzó a vislumbrar brevemente las ventanas del dormitorio, que al parecer pertenecían a la segunda planta de una casa de campo. Veía árboles y…
No, eso no podía ser. Aquellas hojas eran fuego gélido, pero hoy era veintiuno de abril… primavera, no otoño.
Su visión siguió moviéndose y, de repente, con lo que debería haber sido un sobresalto, comprendió que no estaba solo en la cama. Había alguien más con él.
Se encogió.
No, no era cierto. No reaccionó físicamente en modo alguno; era como si su mente se hubiera divorciado del cuerpo. Pero sintió que se encogía.
La otra persona era una mujer, pero…
¿Qué demonios estaba pasando?
La mujer era mayor, arrugada, de piel traslúcida y cabello de gasa blanca. El colágeno que una vez había llenado sus pómulos se había aposentado como carúnculas en la boca, una boca ahora risueña, con las comisuras de la sonrisa perdidas entre arrugas perennes.
Lloyd trató de alejarse de la bruja, pero su cuerpo se negó a cooperar.
¿Qué demonios está sucediendo, Dios mío?
Era primavera, no otoño.
Salvo que…
Salvo que, por supuesto, se encontrara en el hemisferio sur. Transportado, de algún modo, desde Suiza hasta Australia…
Pero no. Los árboles que había vislumbrado a través de la ventana eran arces y álamos; tenía que estar en Norteamérica o Europa.
Su mano se alzó. La mujer vestía una camisa azul, pero no era la parte superior de un pijama. Tenía charreteras abotonadas y varios bolsillos: ropa “de aventura” fabricada en algodón, del tipo de L. L. Bean o Tilley, lo que una mujer práctica usaría para hacer jardinería. Lloyd notó cómo sus dedos acariciaban el tejido, sintiendo su suavidad, flexibilidad. Y entonces…
Y entonces sus yemas encontraron el botón, duro, plástico, calentado por el cuerpo de ella, traslúcido como la piel. Sin vacilación, los dedos lo apresaron, lo sacaron y lo deslizaron a un lado del ojal. Antes de que la prenda se abriera, la mirada de Lloyd, aún actuando por propia iniciativa, se alzó de nuevo al rostro de la mujer, observando unos pálidos ojos azules cuyos iris mostraban un halo de anillos blancos incompletos.
Sintió tensarse sus propias mejillas al sonreír. Su mano se deslizó dentro de la camisa, encontrando el seno. De nuevo quiso apartarse, alejando la mano. El pecho era blando y arrugado, y la piel que lo cubría no era firme, como una fruta pasada. Los dedos se apretaron, siguiendo los contornos del seno hasta encontrar el pezón.
Lloyd sintió una presión en la ingle. Durante un horrible momento pensó que estaba teniendo una erección, pero no era así. Lo que sucedió fue que, de repente, se produjo una sensación de plenitud en la vejiga; tenía que orinar. Retiró la mano y vio cómo las cejas de la mujer se alzaban inquisitivas. Lloyd sintió alzarse y bajar sus propios hombros. Ella le sonrió de forma cálida, comprensiva, como si fuera lo más natural del mundo, como si siempre tuviera que excusarse en los prolegómenos. Los dientes de la mujer eran ligeramente amarillos, el sencillo color de la edad, pero por lo demás estaban en perfecto estado.
Al fin su cuerpo hizo lo que él había estado deseando: se alejó de la mujer. Sintió malestar en la rodilla al girarse, un pinchazo agudo. Le dolía, pero lo ignoró. Sacó las piernas de la cama y apoyó los pies con suavidad en el suelo de madera. A medida que se alzaba, vio una mayor parte del mundo más allá de la ventana. Era media mañana o media tarde, y la sombra de cada árbol se derramaba sobre el contiguo. Un pájaro había estado descansando en una de las ramas, pero se asustó por el repentino movimiento en el dormitorio y alzó el vuelo. Era un petirrojo, el zorzal grande de Norteamérica, no el pequeño del Viejo Mundo; no había duda de que estaba en los Estados Unidos o en Canadá. De hecho, aquello se parecía mucho a Nueva Inglaterra; le encantaban los colores del otoño en Nueva Inglaterra.
Se descubrió moviéndose lentamente, casi como si arrastrara los pies sobre el suelo. Comprendió entonces que aquella habitación no estaba en una casa, sino en una cabaña. El mobiliario era la mezcla habitual de una residencia de vacaciones. Al menos reconoció la mesilla: baja, de aglomerado, con papel pintado en la superficie superior a imitación de la madera. Era un mueble que había comprado de estudiante, y que había terminado colocando en el cuarto de invitados de la casa de Illinois. ¿Pero qué hacía allí, en aquel lugar extraño?
Siguió su camino. La rodilla derecha le dolía a cada paso, y se preguntó qué le pasaba. De una pared colgaba un espejo; el marco era de pino nudoso, cubierto con un barniz transparente. Contrastaba con la “madera” más oscura de la mesilla, claro, pero…
Dios.
Dios mío.
Por propia voluntad, los ojos contemplaron el espejo al pasar y se vio a sí mismo…
Durante medio segundo pensó que era su padre.
Pero era él. El pelo que le quedaba en la cabeza era totalmente gris, y el del pecho blanco. La piel estaba suelta y arrugada, y su paso era un cojeo.
¿Podía ser la radiación? ¿Podía haberlo expuesto el experimento? ¿Podía…?
No. No, no era eso. Lo sabía en sus huesos, en sus huesos artríticos. No era eso.
Era un anciano.
Era como si hubiera envejecido veinte años o más, como si…
Dos décadas de vida desaparecidas, borradas de su memoria.
Quiso gritar, aullar, protestar por la injusticia, por la pérdida, exigir satisfacción al universo…
Pero no podía hacer nada de todo aquello; no tenía el control. Su cuerpo prosiguió su lento y doloroso arrastrar hasta el baño.
Al girarse para entrar en el mismo, devolvió la mirada a la mujer en la cama, ahora incorporada sobre un costado, con la cabeza apoyada en un brazo y una sonrisa traviesa, seductora. Alcanzó a ver el destello dorado en el dedo corazón de la mano izquierda. Ya era malo dormir con una anciana, pero estar casado con ella…
La puerta lisa de madera estaba entreabierta, pero extendió un brazo para abrirla por completo; por el rabillo del ojo divisó la otra alianza en su propia mano.
Y entonces comprendió. Aquella bruja, la extraña, la mujer a la que no había visto nunca antes, aquella que no se parecía en absoluto a su amada Michiko, era su esposa.
Quiso volver a mirarla, tratar de imaginarla décadas más joven, reconstruir la belleza que antaño podría haber sido, pero…
Pero entró en el baño, se giró para encararse con el inodoro, se inclinó para levantar la tapa y…
…y de repente, de forma increíble, asombrosa, Lloyd Simcoe sintió el alivio de estar de vuelta en el CERN, en la sala de control del LHC. Por algún motivo, se había derrumbado en su silla de vinilo. Se incorporó y se alisó la camisa hasta arreglarla.
¡Qué alucinación más increíble! Habría consecuencias, por supuesto: se suponía que allí estaban totalmente protegidos, que había un centenar de metros de tierra entre ellos y el anillo del colisionador. Pero había oído que las descargas de alta energía podían causar alucinaciones; sin duda, eso era lo que había sucedido.
Lloyd tardó un instante en orientarse. No había habido transición entre el aquí y el allí: ningún fogonazo ni destello, ninguna sensación de aturdimiento ni problemas de audición. Estaba en el CERN y, de repente, se encontraba en otro lugar durante, ¿dos minutos, quizá? Y ahora, del mismo modo, se encontraba de vuelta en la sala de control.
Por supuesto, nunca se había marchado. Por supuesto, todo era una ilusión. Michiko parecía atónita. ¿Lo había estado observando durante su alucinación? ¿Qué había estado haciendo? ¿Sacudirse como un epiléptico? ¿Moverse en su lugar, como si acariciara un seno invisible? ¿O simplemente se había derrumbado en su silla, cayendo inconsciente? De ser así, no podía haber perdido el conocimiento mucho tiempo (nunca los dos minutos que había percibido), pues en caso contrario Michiko y los demás estarían ahora mismo sobre él, comprobando su pulso y desabrochándole el cuello de la camisa. Observó el reloj analógico: de hecho, habían pasado dos minutos de las cinco de la tarde.
Entonces miró a Theo Procopides. La expresión del joven griego era menos tensa que la de Michiko, pero parecía tan alerta como Lloyd, observando a todos los presentes, desviando la mirada en cuanto alguno se la devolvía.
Lloyd abrió la boca para hablar, aunque no estuviera seguro de lo que quería decir. La cerró en cuanto oyó un gemido procedente de la puerta abierta más cercana. Era evidente que Michiko también lo había oído; los dos se incorporaron al mismo tiempo. Ella estaba más cerca de la puerta y, para cuando Lloyd llegó, la mujer ya se encontraba en el pasillo.
—¡Dios mío! —decía—. ¿Estás bien?
Uno de los técnicos, Sven, trataba de ponerse en pie. Se cubría con la mano derecha la nariz, que sangraba profusamente. Lloyd corrió de vuelta a la sala de control, soltó el botiquín de primeros auxilios de su enganche en la pared y volvió a toda prisa. El material se encontraba en una caja blanca de plástico; la abrió y comenzó a desenrollar la gasa.
Sven habló en noruego, pero se detuvo tras unos instantes y repitió en francés.
—D-debo de haberme desvanecido.
El corredor estaba cubierto de duras baldosas, y Lloyd podía ver un rastro de sangre en el lugar en que el rostro de Sven había caído. Le pasó la gasa y el noruego asintió a modo de agradecimiento mientras la apretaba contra su nariz.
—Qué locura —dijo—. Fue como quedarme dormido de pie —emitió una pequeña risa—. Incluso tuve un sueño.
Lloyd sintió cómo sus cejas se enarcaban.
—¿Un sueño? —repitió, también en francés.
—Totalmente vívido —respondió Sven—. Estaba en Ginebra, en Le Rozzel. —Lloyd la conocía bien; una crêperie de estilo bretón en la Gran Rue—, pero era como algo de ciencia ficción. Había coches flotando sin tocar el suelo, y…
—¡Sí, sí! —era una voz de mujer, pero no como respuesta a Sven. Procedía del interior de la sala de control—. ¡A mí me sucedió lo mismo!
Lloyd regresó a la sala, débilmente iluminada.
—¿Qué sucedió, Antonia?
Una fuerte italiana había estado hablando a otros dos de los presentes, pero ahora se volvía hacia Lloyd.
—Era como si, de repente, estuviera en otro lugar. Parry dice que a él le ha ocurrido lo mismo.
Michiko y Sven se encontraban ahora en el umbral, justo detrás de Lloyd.
—A mí también —añadió Michiko, al parecer aliviada por no estar sola en todo aquello.
Theo, que se había acercado a Antonia, fruncía el ceño. Lloyd lo observó.
—¿Y tú, Theo?
—Nada.
—¿Nada?
Theo negó con la cabeza.
—Debemos haber quedado todos inconscientes —dijo Lloyd.
—Yo, desde luego, sí —replicó Sven. Apartó la gasa de la cara y se tocó para comprobar si había dejado de sangrar. No era así.
—¿Cuánto tiempo estuvimos fuera? —preguntó Michiko.
—Yo… ¡Dios! ¿Qué hay del experimento? —preguntó Lloyd. Corrió hacia la estación de control de ALICE y presionó un par de teclas.
—Nada —anunció—. ¡Mierda!
Michiko exhaló defraudada.
—Debería haber funcionado —siguió Lloyd, golpeando la consola con la palma de la mano—. Deberíamos tener el Higgs.
—Bueno, algo sucedió —respondió Michiko—. Theo, ¿no viste nada mientras los demás teníamos… teníamos visiones?
Theo negó con la cabeza.
—Absolutamente nada. Supongo… supongo que perdí el sentido. Excepto que no hubo negrura. Estaba observando a Lloyd realizar la retrocuenta: cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero. Después se produjo un corte, ya sabes, como en las películas. De repente Lloyd estaba derrumbado en su asiento.
—¿Me viste caer?
—No, no: Es como he dicho: estabas ahí sentado, y de repente te vi tirado, sin movimiento intermedio. Creo… supongo que perdí el sentido. Antes de que comprendiera que te pasaba algo, ya te estabas incorporando, y…
De repente, el sonido de una sirena partió el aire, un vehículo de emergencias de alguna clase. Lloyd salió a toda prisa de la sala de control, con todo el personal detrás. El cuarto al otro lado del pasillo disponía de ventana. Michiko, que había llegado primero, ya estaba levantando el estor veneciano, dejando que entrara el sol que presagiaba el ocaso. Se trataba de un vehículo anti-incendios del CERN, uno de los tres presentes en las instalaciones. Rodaba por el campus, dirigiéndose al edificio principal de administración.
Parecía que la nariz de Sven había dejado de sangrar; sostenía la gasa sanguinolenta a un costado.
—Es posible que alguien más se haya caído —dijo.
Lloyd lo observó.
—Utilizan los coches de bomberos tanto para los primeros auxilios como para los incendios —explicó el noruego.
Michiko comprendió las implicaciones de lo que Sven sugería.
—Debemos comprobar todos los despachos, para asegurarnos de que todo el mundo está bien.
Lloyd asintió y volvió al pasillo.
—Antonia, examina a todos los presentes en la sala de control. Michiko, llévate a Jake y a Sven y ve por ahí. Theo y yo nos encargaremos de esta zona. —Sintió una breve punzada de culpabilidad al prescindir de Michiko, pero de momento tenía que asimilar lo que había visto, lo que había experimentado.
En la primera estancia en la que él y Theo entraron había una mujer en el suelo; Lloyd no recordaba su nombre, pero trabajaba en relaciones públicas. El monitor plano frente a ella mostraba el familiar escritorio tridimensional del Windows 2009. Seguía sin sentido, y por la herida de la frente estaba claro que había caído hacia delante y se había golpeado la cabeza con el borde metálico de la mesa. Lloyd hizo lo que había visto en incontables películas: tomó la mano izquierda de la mujer con su derecha, sosteniendo la muñeca hacia arriba mientras la golpeaba suavemente con la otra mano, para que despertara.
Lo que, al final, hizo.
—¿Dr. Simcoe? —preguntó, observando a Lloyd—. ¿Qué ha sucedido?
—No lo sé.
—Tuve ese… ese sueño —dijo—. Estaba en una galería de arte, en algún sitio, contemplando un cuadro.
—¿Se encuentra bien?
—N-no lo sé. Me duele la cabeza.
—Podría tener una conmoción. Debe ir a la enfermería.
—¿Qué son todas esas sirenas?
—Camiones de bomberos —una pausa—. Mire, tenemos que marcharnos. Podría haber otros heridos.
La mujer asintió.
—Estoy bien.
Theo ya seguía su marcha por el pasillo. Lloyd dejó el despacho y lo siguió. Superó a su compañero, que atendía a otro caído. El corredor giró a la derecha, y Lloyd se introdujo en la nueva sección. Llegó a la puerta de un despacho que se abrió en silencio al acercarse, pero la gente en el interior parecía estar bien, hablando animadamente de las distintas visiones experimentadas. Había tres personas presentes, dos mujeres y un hombre. Una de las primeras reparó en Lloyd.
—Lloyd, ¿qué ha ocurrido? —preguntó en francés.
—Aún no lo sé —replicó en la misma lengua—. ¿Está todo el mundo bien?
—Estamos bien.
—No pude evitar escucharos —dijo Lloyd—. ¿Los tres también tuvisteis visiones?
Tres asentimientos.
—¿Eran de un realismo vívido?
La mujer que aún no había hablado señaló al hombre.
—La de Raoul no. Él tuvo una especie de experiencia psicodélica —dijo, como si fuera lo único que cabía esperar del estilo de vida de Raoul.
—Yo no diría exactamente “psicodélica” —replicó éste, sintiendo la necesidad de defenderse. Su cabello rubio era largo y sano, y lo llevaba recogido en una perfecta coleta—. Pero, desde luego, no era realista. Había un tipo con tres cabezas, y…
Lloyd asintió, cortando la descripción.
—Si estáis todos bien, venid con nosotros. Hay algunos heridos por lo que sea que haya sucedido. Tenemos que encontrar a cualquiera que esté en problemas.
—¿Por qué no llamamos por el intercomunicador para que todos se reúnan en el vestíbulo? —preguntó Raoul—. Entonces podremos contarnos y ver quién falta.
Lloyd comprendió que aquello era totalmente lógico.
—Seguid buscando; hay quien podría necesitar atención inmediata. Yo iré a la entrada. —Salió del despacho mientras los otros se levantaban y salían al pasillo. Lloyd tomó el camino más corto hacia la entrada, dejando atrás los distintos mosaicos. Cuando llegó, parte del personal administrativo atendía a uno de los suyos, que al parecer se había roto el brazo al caer. Otra persona se había escaldado con su propia taza de café hirviendo.
—¿Qué ha sucedido, Dr. Simcoe? —preguntó un hombre.
Lloyd empezaba a cansarse de la pregunta.
—No lo sé. ¿Puede encender la MP?
El hombre lo contemplaba. Era evidente que Lloyd usaba algún americanismo que el tipo no entendía.
—La MP —dijo Lloyd—, la megafonía pública.
El hombre seguía con la mirada perdida.
—¡El intercom!
—Oh, claro —dijo con un inglés endurecido por el acento alemán—. Por aquí —condujo a Lloyd hasta una consola y pulsó varios botones. Lloyd tomó una delgada vara de plástico con un micrófono en la punta.
—Aquí el Dr. Simcoe —podía oír su propia voz rebotada desde los altavoces del pasillo, pero los filtros del sistema evitaban el acople—. Está claro que ha sucedido algo. Hay varios heridos. Si son capaces de andar por su cuenta —dijo, tratando de simplificar el vocabulario; el inglés no era más que la segunda lengua para casi todos los trabajadores— y si los que están con ustedes pueden andar, o si al menos se les puede dejar sin atención, vengan por favor al vestíbulo. Alguien podría haberse caído en un lugar oculto, y tenemos que averiguar si falta alguien. —Le devolvió el micrófono al hombre—. ¿Puede repetirlo en alemán y francés?
—Jawohl —respondió éste, traduciendo ya en su cabeza. Comenzó a hablar al micrófono. Lloyd se alejó de los controles de la megafonía e invitó a aquellos capaces de moverse a que fueran al vestíbulo, que estaba decorado con una gran placa de bronce rescatada de uno de los edificios más antiguos, demolido para hacer sitio al centro de control del LHC. La placa explicaba las siglas originales del CERN: Conseil Européenne pour la Recherche Nucléaire. En aquel día las siglas no decían nada, pero las raíces históricas estaban allí honradas.
Casi todos los rostros del vestíbulo eran blancos, con algunas excepciones (Lloyd se detuvo un instante para referirse mentalmente a ellos como melanoamericanos, el término preferido en aquella época por los negros en los Estados Unidos). Aunque Peter Carter era de Stanford, casi todos los demás negros procedían directamente de África. También había varios asiáticos, incluyendo, por supuesto, a Michiko, que había acudido al vestíbulo como respuesta a su mensaje. Se acercó a ella y le dio un abrazo. Gracias a Dios, al menos ella estaba bien.
—¿Algún herido grave? —preguntó.
—Algunas contusiones y otra nariz con hemorragia —dijo Michiko—, pero nada importante. ¿Y tú?
Lloyd buscó a la mujer que se había golpeado la cabeza. Aún no había aparecido.
—Una posible conmoción, un brazo roto y una quemadura fea —hizo una pausa—. Deberíamos llamar algunas ambulancias para llevar a los heridos al hospital.
—Yo me encargo —dijo Michiko, desapareciendo en un despacho.
El grupo aumentaba por momentos, y ya llegaba a los doscientos.
—¡Presten atención! —gritó Lloyd—. ¡Por favor! ¡Votre attention, s’il vous plaît! —esperó a que todas las miradas se fijaran en él—. ¡Miren a su alrededor para ver si ven a sus compañeros de trabajo, despacho o laboratorio! Si creen que falta alguien, háganmelo saber. Y si alguno de los presentes necesita atención médica inmediata, díganmelo también. Hemos pedido algunas ambulancias.
Mientras decía esto, Michiko regresó. Su aspecto era aún más pálido de lo habitual, y habló con voz trémula.
—No habrá ambulancias —dijo—. Por lo menos, en un tiempo. La operadora de emergencias me ha dicho que están encerradas en Ginebra. Al parecer, todos los conductores en las carreteras perdieron el conocimiento; ni siquiera pueden comenzar a valorar el número de muertos.
Traducción: Carlos Lacasa Martín
© 2001, La Factoría de Ideas

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Philip K. Dick en “The Word This Week”
Jonathan Lethem, Minister Faust, Winona Ryder, Chris Miller, Mark Askwith, Michael Bishop, Richard Linklater y William Gibson hablan de Philip K. Dick -uno de los más importantes e influyentes escritores de ciencia ficción del siglo XX- como parte del programa The Word This Week, presentado los domingos en el canal Book Television.
(fuente: SF Signal)

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¿Quiénes fuimos? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes seremos?
Fragmentos de entrevistas realizadas esta semana:
En el Lincoln Book Festival, CNN le hizo una entrevista al escritor escocés Iain M. Banks, actualmente reconocido en el mundo de la ciencia ficción por su serie de novelas Culture (de la cual Matter es la más reciente), y me gustaron especialmente las siguientes respuestas:
CNN: Para alguien que escribe tanto ciencia ficción como, por falta de un mejor término, ficción mainstream, ¿cuál es el atractivo de la ciencia ficción como género?
Iain M. Banks: Creo que es la libertad que tienes de básicamente poder ir a cualquier lugar. Creo que está cercanamente enlazado al placer que obtuve de adolescente cuando empecé a leer ciencia ficción: al abrir un libro de ciencia ficción, especialmente de cuentos, tú no sabes hacia donde te llevará. Podría ser el pasado, podría ser el futuro lejano, podrías estar en el espacio exterior, incluso la historia podría ser contada desde el punto de vista de un extraterrestre. Me encanta esa libertad: es una libertad para el escritor y es emocionante para el lector.
Lo otro es que el mainstream se parece un poco a tocar el piano. Un piano convencional es un instrumento fabulosamente expresivo, uno de los grandes instrumentos del mundo clásico. Mientras que la ciencia ficción genera la sensación de un órgano que llena una catedral: tienes tres teclados, no sólo uno, puedes hacer ciertas pausas, hay un extra teclado bajo tus pies, ¡también puedes empezar a tocar con eso! No es increíblemente sutil como lo puede ser un piano, pero por Dios, es bueno para un impresionante barroco de pantalla ancha, como lo describió alguna vez Brian Aldiss, y creo que la sensación de lo épico es más fácil de obtener en la ciencia ficción.
CNN: Un elemento que sobresale en sus libros es la forma tan convincente en la que usted escribe sobre tecnología. ¿De dónde saca sus ideas?
Iain M. Banks: Creo que mucho se debe a tratar de cumplir un deseo, para ser honesto. Gran parte de la ciencia ficción, especialmente la que yo escribo, que no se desarrolla en el futuro cercano y no es necesariamente tan plausible o inmediata, se origina al pensar: “¿No sería genial si la vida fuera de esta forma?”. No es para denigrarlo: siempre y cuando no lo confundas con la realidad, todo está bien.
Así que claro, creo que es: “¿No sería genial si unas máquinas increíblemente inteligentes y sabias nos arrebataran la responsabilidad moral y quedáramos libres para continuar siendo seres humanos dentro de un marco moral benigno, y no sería genial si mientras más inteligente, te volvieras más agradable? Por cierto, esa es mi teoría privada.
CNN: Si hubiera un elemento de la Cultura que le pudieras dar a la humanidad, ¿cuál sería?
Iain M. Banks: Oh, por Dios. Con certeza no darías la capacidad para envejecer lentamente y el potencial para nunca morirse porque eso sería desastroso en este momento, y puedes estar muy seguro de que la gente rica se apropiaría de eso, y nadie más lo usaría.
Tal vez las glándulas de droga. No por la razón trivial de que podrías trabarte sin tener que estar pagando, sino porque si tuvieras drogas realmente buenas que pudieras manufacturar en el interior de tu cuerpo con tus pensamientos, se resolverían todos los problemas de drogadicción: tendrías mejores estupefacientes que el canabis, cosas mucho más emocionantes que el crack o la cocaína, y mucho más placenteras que la heroína. Tal vez ese elemento. Pero entonces, al ser como somos, podríamos pasar toda la vida drogando nuestros cerebros, acostados por ahí viendo como se deteriora la civilización a nuestro alrededor. Francamente, algo así podría ocurrirnos. De hecho, no. Más bien le daría a la Cultura callos sin ampollas.
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Para la conferencia de ciencia ficción Eaton 2008 “Chronicling Mars”, que se realizará este fin de semana (y que mencionamos en una nota previa), PE.com entrevistó a conferencistas, organizadores, y escritores del evento. Elizabeth Hull, la esposa del escritor Frederik Pohl, editora y ex profesora de inglés, dijo que: “la ciencia ficción es una de las pocas formas de ficción que la gente lee sin que tengan que ponérsela de tarea, y una que probablemente seguirán leyendo luego de terminar su educación formal. En la mayoría de las instituciones educativas usualmente hay una –o si es de alta calidad, dos- facultades que enseñan ciencia ficción”
Por ejemplo, en la Universidad de Michigan, el profesor Eric Rabkin es reconocido por enseñar ciencia ficción, la cuál describe como una ficción que se preocupa por las consecuencias sociales de la ciencia y la tecnología. En la entrevista que le hizo PE.com, dijo: “La vasta mayoría de la ciencia ficción sirve como una especie de advertencia motivada por el sentido de que tenemos que jugar con esas cosas en nuestras mentes antes de que ocurran. La ciencia y la tecnología han estado avanzando cada vez más y más rápido, y eso la hace aún más importante.”
Lo mismo piensa Greg Bear, gran amigo del escritor Ray Bradbury (ambos serán conferencistas este fin de semana en Eaton 2008): “soy un radar para la estructura profunda de la ciencia y las estructuras profundas de la sociedad. Junten esas dos cosas y obtendrán una historia”. Bear, que ha estado en el Jet Propulsion Lab durante misiones espaciales, ha hablado a agentes del FBI sobre una nueva perspectiva de la evolución, y ha discutido su libro Quantico en el programa The Daily Show, dice que la razón por la que invitan a escritores de ciencia ficción a esos programas es porque son buenos para explicarle la ciencia al público. Dice que la mayoría de la literatura moderna no genera la sensación de expansión y maravilla que logra la ciencia ficción. “No hacen lo que hizo Arthur C. Clarke conmigo, que fue explotarme la cabeza”, dijo.
Kim Stanley Robinson, autor de la colección de cuentos The Martians y de una trilogía ambientada en Marte (Red Mars, Green Mars y Blue Mars) dijo que la ciencia ficción nos da la oportunidad de examinar lo que valoramos y lo que tememos. “Como he estado diciendo desde hace años, estamos viviendo en una novela de ciencia ficción que co-escribimos juntos. Ahora la ciencia ficción es el realismo más poderoso que tenemos”.
David Brin, ganador de los premios Hugo y Nebula, dijo cuáles eran para él las preguntas más interesantes de la ciencia ficción: ¿Quiénes fuimos? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes seremos?

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“Fahrenheit 451″: salva a tus libros favoritos de la hoguera en Second Life
Desde principios de abril hasta finales de este mes ha habido mucho fuego en las bibliotecas públicas norteamericanas. El programa The Big Read programó una serie de actividades en torno a la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (quien ha estado muy activo dando charlas en bibliotecas y conferencias), con la pregunta: “si pudieras evitar que quemaran un libro… ¿cuál sería?”
El sistema de bibliotecas Monroe County ha organizado una de estas actividades en Second Life — este es el anuncio:
¡Experimenta una discusión del libro en el mundo virtual de Second Life! Usando tu computador e Internet, llega al anfiteatro Faiport Public Library, donde un miembro virtual del staff liderará una discusión sobre Fahrenheit 451, Ray Bradbury y la censura. La discusión empieza a las 8.00 PM, pero mejor llegar temprano para salvar tus libros favoritos de la hoguera antes de que sea demasiado tarde. Second Life es un mundo virtual al que te puedes inscribir gratis en www.secondlife.com. Configura tu avatar con tiempo para que puedas teletransportarte rápidamente al anfiteatro la noche de la discusión.
Y aquí hay un enlace directo (Surl) al sim de Second Life donde se realizará la actividad.
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Por otro lado, me entero que Crónicas Marcianas de Ray Bradbury (junto a otras obras como La Guerra de los Mundos de H.G. Wells) será enviada a Marte en un DVD como parte del Phoenix Mars Lander, por si acaso unos exploradores extraterrestres se encuentran la sonda en el planeta rojo. Más información aquí.

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Haciendo crónicas de Marte: conferencia del maestro Ray Bradbury
Cuánto nos gustaría estar la semana entrante en la Universidad de California, Riverside. Cuánto nos gustaría experimentar la charla del mismísimo Ray Bradbury del 16 al 18 de Mayo en la conferencia de ciencia ficción Eaton de este año, dedicada completamente a Marte. Vivi y yo vimos la noticia en PE.com, y no podíamos creer que en pleno 2008 uno pudiera ir a una charla dictada por Bradbury en persona, uno de nuestros autores favoritos de toda la vida, y con la participación de reconocidos escritores como Fredrick Pohl, Greg Bear, Larry Niven, Gregory Benford y Kim Stanley Robinson.
Bradbury, que nos hizo alucinar y soñar y cambiar nuestra percepción del mundo con obras como El Hombre Ilustrado, El país de Octubre, Fahrenheit 451 y Crónicas Marcianas, recibirá en dicho evento el primer premio Eaton de toda una vida en Ciencia Ficción. Ya en 2007 había recibido un premio especial de parte del Pulitzer Prize. Y también le entregaron en 2004 la Medalla Nacional de Arte y en el 2000 la Medalla por una Contribución Distinguida a las Letras Americanas de la National Book Foundation.
¿Y de qué hablará Bradbury en la conferencia? “Voy a hablar sobre regresar a la luna”, le dijo al periodista Pat O’Brien por teléfono. “No debimos habernos ido de la luna hace 30 años. Debimos habernos quedado allá y haber construido una base. Y en los próximos años, necesitamos construir una base”. En su obra clásica Crónicas Marcianas, los personajes viajan al espacio exterior sólo para descubrir el inexplorado territorio del espacio interior, reinventándose a sí mismos en el Planeta Rojo. “Luego vamos a ir a Marte y a colonizar Marte y nos va a tomar aproximadamente 100 años, y luego vamos explorar otras partes del universo, otros planetas,” dijo Bradbury. “El viaje espacial nos va a convertir en una raza única”.
Cuándo le preguntan sobre el género de sus historias, Bradbury dice que están más cercanas a los mitos o a la fantasía, ya que en ellos la tecnología no es el principal componente, y que “deberíamos estar atendiendo al corazón humano”. Bradbury, a los 87 años, sigue escribiendo todos los días y espera a finales de este año la publicación de su más reciente libro We’ll Always Have Paris, una colección de fantasía, historias de la vida real y ciencia ficción.

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Little Brother de Cory Doctorow… ¡gratis! (y la razón por la que lo regala)
Que Cory Doctorow publique sus libros bajo la licencia Creative Commons no es una noticia nueva. Todo lo que ha escrito hasta ahora se puede leer gratis en internet desde su sitio web craphound.com. Y su nueva novela para jóvenes adultos, Little Brother, no es la excepción. Recomendada por escritores como Neil Gaiman (”recomendaría Little Brother sobre cualquier otro libro que he leído este año”), el libro ha ascendido en la lista de los más vendidos para niños del New York Times (#9) y BookSense para niños (#12) y se preparan traducciones a diferentes idiomas.
El argumento de la novela es el siguiente:
Marcus, también conocido como “w1n5t0n” sólo tiene diecisiete años de edad, pero ya sabe cómo funciona el sistema, y cómo trabajar el sistema. Inteligente, rápido y sabio en el mundo de la red, no tiene problemas para burlar los intrusivos pero tor

