Los monstruos estaban llorando

Cuento bajo licencia Creative Commons (Reconocimiento-No comercial 2.5 Colombia)
© Hernán Ortiz, 2011 (hernan@proyectoliquido.net) / www.proyectoliquido.net/h2blog

Nota: Un viernes por la noche me estaba inventando una historia para María (6 años) y Tomás (4 años). La idea era usar las lágrimas de un monstruo para que se durmieran, un truco del psicoterapeuta Milton Erickson. Pero tuve un problema. Ellos estaban acostados en una cama, las luces apagadas, y yo suponía que tenían mucho sueño (ellos querían una historia para dormirse). Pero luego de narrar veinte lágrimas con voz lenta y profunda, María gritó: “¿Qué sigue?” Los dos niños tenían los ojos muy abiertos y esperaban ansiosos el final de la historia. Sin futuro como hipnotista, y gracias a la insistencia de Tomás y María –que al otro día le contaron la historia a los papás con mucho más detalle que el mío–, decidí escribirla.

 

Al principio yo lloraba y gritaba Mamáaaaa y ella llegaba corriendo y prendía la luz. Duh. No hay que ser un experto en monstruos para saber qué pasa cuando prendes la luz. Luego me decía “ya, sólo era una pesadilla”. Y a pesar de que le decía que no estaba soñando, que estaba viendo monstruos de verdad, ella insistía en que era mi imaginación. Después me daba un beso en la frente, apagaba la luz y salía del cuarto.
      Verdes, con la piel babosa y fría, no eran más grandes que mi cara. Estaban desnudos, pero gran parte de su cuerpo lo cubría una barba larga y blanca. Orejas como la punta de un tornillo, narices largas y puntiagudas, y sobre sus cabezas, sombreros con bocas que hacían ruidos. Cuando los monstruos me halaban el pelo y los pies, o me hacían presión en el pecho, no me dolía. Me reía.

Luego de unos meses, a pesar del esfuerzo que hacían por asustarme, les dejé de tener miedo. A veces gritaba, pero no era porque estaba asustado, sino porque no quería hacerlos sentir mal.
      Les dejé de tener miedo porque dormían conmigo. Mi mamá y mi papá siempre dormían conmigo, pero luego mi papá se murió y mi mamá dijo que yo ya estaba muy grande para dormir con ella.
      Antes de que aparecieran los monstruos, dormía solo. Ahora que mi papá estaba muerto, dormía acompañado. Tal vez mi papá estaba enviándome esos monstruos para que no me sintiera solo.

Una noche no aparecieron. Me había acostumbrado a verlos después de apagar la luz, pero ese día no estaban por ningún lado. No podía dormir, no podía quedarme quieto.
      Los busqué en el cuarto, debajo de la cama.
      No estaban.
      Detrás de la puerta.
      No estaban.
      En el closet, entre la ropa y los zapatos.
      No estaban.
      Abrí la ventana de mi cuarto y miré hacia el cielo. Las nubes tapaban la Luna y sólo se veía la luz débil de una estrella titilando.
      Salí de la casa sin hacer ruido y caminé con la linterna de luz azul que mi papá me regaló en un cumpleaños.
      Busqué en las materas de la entrada de la casa.
      No estaban.
      Caminé hasta el parque, iluminé los columpios, el tobogán, el lisadero, el pasamanos.
      No estaban.
      Salí corriendo hacia el bosque…
      En el bosque mi mamá no podía ayudarme. Los monstruos iban a aparecer porque ahora sí podían asustarme de verdad.
      Apagué la linterna –no hay que ser un experto en monstruos para saber qué pasa cuando prendes la luz– y caminé con cuidado. Había llovido el día anterior y mis pies se hundían en el pantano. No veía, pero escuchaba y sentía: grillos, murciélagos, y otros animales nocturnos que pasaban corriendo rápido por mis zapatos. Apreté la linterna apagada.
      Quería llamar a mi mamá, pero estaba muy lejos. No me escucharía.
      Quería llamar a mi papá, pero estaba mucho más lejos.
      Mientras caminaba, miré hacia el cielo, que parecía una cobija negra, y pensé que tal vez mi papá había apagado la estrella para que yo pudiera ver los monstruos.
      En un momento, mis pies dejaron de tocar el suelo.
      Me caía…
      En un momento, mis pies se doblaron.
      Hacía frío. Olía a tierra, me dolían los pies.
      Prendí la linterna, convencido de que los monstruos ya no iban a aparecer. Estaba en un hueco tan estrecho que sólo cabía un niño de mi tamaño. Hacia arriba solo se veía el cielo. Nadie sabía de mí. Me podía quedar atrapado para siempre…
      Y mientras miraba hacia el cielo, en lo alto, apareció una cara de monstruo. Dos caras de monstruo. Tres caras. Tenían los ojos semiabiertos y gruñían por la boca de los sombreros.
      Los iluminé. No hay que ser un experto en monstruos para saber qué pasa cuando prendes la luz, pero, ¿qué pasaba? Los monstruos seguían ahí. Les dije que me ayudaran a salir, pero no hablaron. Fruncieron el ceño baboso.
      Esta era su venganza por no haberme asustado en la cama. Y sin que nadie me pudiera ayudar, con miedo de verdad saliendo por mi garganta, grité…
      Grité, y una gota de agua cayó en mi boca.
      Apunté hacia arriba con la linterna. Las bocas de sus sombreros se lamentaban. Las gotas salían de sus ojos.
      Dos gotas.
      Tres gotas.
      Cuatro gotas…
      Y cada vez había más monstruos, cada vez más gotas cayendo. “¿Por qué están llorando?”, les pregunté.
      Cinco gotas.
      Seis gotas.
      Siete…
      Y mis pies se hundieron en el charco cada-vez-más-hondo de sus lágrimas. De repente me había llegado a la cintura, al cuello, y antes de que me llegara a la nariz, tomé un poco de aire…
      Mi nariz y mis ojos se hundieron. Iluminé hacia arriba con la linterna y a través del agua vi que los monstruos siguieron llorando, siguieron lamentándose hasta que las lágrimas taparon el hueco.
      En ese momento, uno a uno, empezaron a desaparecer.
      Al final quedó uno que había dejado de llorar y me miraba con una sonrisa en el sombrero.
      Mis pulmones se llenaron de agua. Sentía una ligera presión en la cabeza. El corazón me latía en los oídos.
      El monstruo levantó sus pequeñas manos e hizo un movimiento de natación.
      Solté la linterna y nadé, como me indicó el monstruo, hacia arriba.
      Nadé hasta que mi cabeza salió a la superficie.
      Tosí, escupiendo agua.
      Salí del hueco y me quedé en el piso, respirando.
      El monstruo me guiñó el ojo y desapareció, dejando una estela de luz hacia el cielo, hacia la única estrella en la oscuridad que titilaba con fuerza.

Llegué a mi casa. Me sequé, me cambié de ropa, me acosté.

Mi mamá no conoce la historia, y si se la contara, no me creería. Tampoco entendería por qué cada noche, antes de acostarme, abría la ventana de mi cuarto y me quedaba mirando hacia el cielo, buscando una estrella titilante.

 


hay 2 comentarios para “Los monstruos estaban llorando”

  1. Diego Montoya on noviembre 27, 2008 11:48 pm

    Aún no he podido saber a que lugar o estado me remonta esta historia…es similar a cuando se prueba un sabor nuevo y se sabe que evoca algo; pero nunca das con que.

    Afortunadamente? (para mí, Don Claustrofobia)a esa edad, siempre me iba a dormir cuando la televisión así me lo indicaba: es hora ya de acostarse ♪

    Me gustó, mucho!

  2. Hernán Ortiz on diciembre 3, 2011 12:41 pm

    ¡Gracias Diego! Yo también me dormía con la televisión. ¿Nos perderíamos la oportunidad de enfrentarnos a nuestros propios monstruos? ¡Saludos!

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HERNÁN ORTIZ. Co-fundador de encuentro Fractal y Proyecto Líquido. Trabajo con historias. E-mail: hernan (arroba) proyectoliquido.net
Twitter: @hernanpl

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