Los monstruos que estaban llorando

Cuento bajo licencia Creative Commons (Reconocimiento-No comercial 2.5 Colombia)
© Hernán Ortiz, 2008 (hernan@proyectoliquido.net) / www.proyectoliquido.net/h2blog

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Un viernes por la noche me estaba inventando una historia para dormir a María (6 años) y Tomás (4 años), primitos de Vivi, mi editora. La idea era usar las lágrimas de un monstruo para que se durmieran, algo que había aprendido del psicoterapeuta Milton Erickson. Pero tuve un problema. Ellos estaban acostados en una cama, las luces apagadas, y yo suponía que tenían mucho sueño (ellos querían una historia para dormirse). Pero luego de narrar veinte lágrimas con voz lenta y profunda, María gritó: “¿Qué sigue?” Los dos niños tenían los ojos muy abiertos y esperaban ansiosos el final de la historia. Sin futuro como hipnotista, y gracias a la insistencia de Tomás y María –que al otro día le contaron la historia a los papás con mucho más detalle que el mío–, decidí escribirla.

Para María y Tomás

Veía monstruos. Aparecían en mi cuarto, de noche, cuando Mamá apagaba la luz y el mundo se ponía oscuro. Al principio lloraba y gritaba Mamáaaaa y ella llegaba corriendo y lo primero que hacía era prender la luz. Duh. Cualquiera que sepa algo de monstruos sabe que prender la luz los desaparece. Luego me decía “ya pasó, sólo fue una pesadilla”. Y a pesar de que le decía que no estaba soñando, que estaba viendo monstruos de verdad, ella insistía en que sólo era mi imaginación. Después me daba un beso en la frente, apagaba la luz, salía del cuarto… y aparecían los monstruos.

Verdes, con la piel babosa y fría, los monstruos no eran más grandes que mi cara. Estaban desnudos, pero casi todo su cuerpo lo cubría una barba larga y blanca. Orejas como la punta de un tornillo, nariz larga y puntiaguda, y sobre su cabeza, un sombrero con boca que todo el tiempo hacía ruidos. Los monstruos no tenían boca. Ni fuerza. Cuando me halaban el pelo y los pies, o me hacían presión en el pecho, no me dolía. Me hacía cosquillas.

Luego de unos meses empecé a quererlos. Empecé a sentirme cómodo junto a ellos, a pesar del esfuerzo que hacían por asustarme. Una noche disimulé que me habían asustado para no hacerlos sentir mal. ¿Por qué les iba a tener miedo si ellos dormían conmigo? Mamá y Papá siempre dormían conmigo. Pero luego Papá murió, y Mamá dijo que yo ya estaba muy grande para dormir con ella. Yo dormía solo hasta que aparecieron los monstruos. A veces creía que Papá era el jefe de los monstruos, y los enviaba desde el cielo para que me acompañaran por la noche.

Hasta que una noche los monstruos no aparecieron. Me había acostumbrado a verlos poco después de apagar la luz, y ese día era casi medianoche y los monstruos no estaban por ningún lado. Yo no podía dormir, no podía quedarme quieto. Necesitaba a los monstruos para sentirme acompañado.
Empecé a buscarlos en el cuarto, debajo de la cama.
No estaban.
Detrás de la puerta.
No estaban.
En el closet, entre la ropa y las muñecas y los ositos de peluche…
No estaban.
Abrí la ventana de mi cuarto y miré hacia el cielo. Las nubes tapaban la Luna y una estrella titilaba muy débil, como si se le estuviera acabando la energía.
Papá, pensé, acuérdate de mí. Envía los monstruos.
Pero la estrella dejó de titilar. Y los monstruos nunca aparecieron. Así que me fui corriendo de la casa…

Era media noche y caminaba con la linterna que Papá me había regalado de cumpleaños.
Busqué los monstruos en las materas de la entrada de la casa, y no estaban.
Caminé hasta el parque, iluminé los columpios, el tobogán, el lisadero, el pasamanos… y no estaban.
Entonces salí corriendo hacia el bosque.
El bosque era uno de los lugares a los que mamá no me dejaba ir. Pero los monstruos ya no me asustaban en la casa y tal vez querían llevarme al bosque para que me diera miedo de verdad.
Apagué la linterna –la luz hacía desaparecer a los monstruos– y caminé con cuidado. Había llovido el día anterior y mis pies se hundían en el pantano. No veía nada, pero escuchaba búhos, grillos y murciélagos, y otros animales que pasaban corriendo rápidamente por mis zapatos. Apreté fuertemente la linterna apagada y me empecé a asustar de verdad.
Quería llamar a Mamá, pero ella estaba muy lejos. No me escucharía.
Quería llamar a Papá, pero él estaba muchísimo más lejos…

Mientras caminaba, pensé en la estrella titilante. Miré hacia el cielo, que parecía una cobija negra, y pensé que tal vez Papá sabía que yo saldría solo al bosque, y por eso se había encargado de apagar la estrella… para que yo pudiera ver los monstruos. Me emocioné tanto con esa idea que no sentí cuando mis pies dejaron de tocar el suelo. Supe que me estaba cayendo, y apreté más fuerte la linterna, como si eso me fuera a sostener. Mis pies se doblaron cuando toqué el fondo. Hacía frío ahí abajo y me dolían mucho los pies. El lugar olía a tierra.
Prendí la linterna, convencido de que los monstruos ya no iban a aparecer. Estaba metido en un hueco estrecho, como si hubiera sido fabricado para un niño. Hacia arriba no se veía más que el cielo. Nadie sabía de mí. Me podía quedar atrapado en este hueco para siempre…
Auxilio, grité. Papá, ayúdame…Por favor…
Y mientras miraba hacia el cielo, en lo alto, apareció una carita de monstruo. Dos caritas de monstruo. Tres caritas. Sus ojos estaban semiabiertos, y por los sonidos que salían de la boca de los sombreros, supe que estaban muy tristes.
Los monstruos no desaparecieron cuando los iluminé. Habían cambiado. Ahora parecían más fuertes.
Les dije que me ayudaran a salir, pero ellos no hablaban. Tenían fruncido el ceño de su piel babosa y parecía que estuvieran furiosos conmigo.
Pensé que esta era su venganza por no haberme asustado en la cama, así que ahora, con miedo de verdad saliendo por mi garganta, grité…
Y sentí una gota de agua cayendo en mi boca. Miré hacia arriba con la linterna y vi que las bocas de sus sombreros se lamentaban. Las gotas salían de sus ojos. Los monstruos estaban llorando.
Dos gotas.
Tres gotas.
Cuatro gotas…
Y cada vez había más monstruos, cada vez más gotas cayendo. “¿Por qué están llorando?”, les pregunté.
Cinco gotas.
Seis gotas.
Siete…
Y mis pies empezaron a hundirse en el charco cada-vez-más-hondo de sus lágrimas. De repente me había llegado a la cintura, al cuello, y antes de que me llegara a la nariz, tomé un poco de aire…
Mi nariz y mis ojos se hundieron, y yo iluminé hacia arriba con la linterna. Al otro lado del charco de lágrimas alcancé a ver a los monstruos todavía llorando, todavía lamentándose. Los monstruos siguieron así hasta que las lágrimas taparon el hueco. En ese momento, uno a uno, los monstruos empezaron a desaparecer.
Al final quedó un monstruo que había dejado de llorar y me miraba con una sonrisa en el sombrero.
Ya se me estaba acabando el aire. Sentí una ligera presión en mi cabeza y el corazón retumbaba en mis oídos. Tuve miedo de que dejara de latir.
El monstruo levantó sus pequeñas manos e hizo un movimiento, como si estuviera nadando hacia arriba.
Y yo solté la linterna y empecé a nadar, como me indicó el monstruo, hacia arriba.
Nadé y nadé hacia arriba hasta que mi cabeza salió a la superficie. Empecé a toser, escupiendo agua. Salí del hueco y me quedé extendido en el piso, respirando. Me salió más agua por la boca y por la nariz. Alcancé a ver cuando el último monstruo me guiñó el ojo y desapareció, dejando una estela de luz hacia el cielo, hacia la única estrella en la oscuridad que ahora titilaba con fuerza.

Pude llegar a mi casa. Pude secarme, cambiarme de ropa y acostarme sin que Mamá se diera cuenta. Ella aún no conoce la historia. Si se la contara, no me creería. Y tampoco entendería por qué cada noche, antes de acostarme, miro hacia el cielo en busca de esa solitaria estrella titilante… y veo monstruos.

Nota: Este es el primer trabajo que publico bajo la licencia Creative Commons, que permite copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra, así como hacer obras derivadas (gráficos, videos, canciones, traducciones, etc…) siempre y cuando se reconozcan los créditos, no se use para fines comerciales y el trabajo resultante también sea Creative Commons. Un agradecimiento especial a Cory Doctorow por introducirme en el fascinante mundo del CopyFight.




hay un comentario para “Los monstruos que estaban llorando”

  1. Diego Montoya on noviembre 27, 2008 11:48 pm

    Aún no he podido saber a que lugar o estado me remonta esta historia…es similar a cuando se prueba un sabor nuevo y se sabe que evoca algo; pero nunca das con que.

    Afortunadamente? (para mí, Don Claustrofobia)a esa edad, siempre me iba a dormir cuando la televisión así me lo indicaba: es hora ya de acostarse ♪

    Me gustó, mucho!

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HERNÁN ORTIZ. Co-fundador de encuentro Fractal y Proyecto Líquido. Interesado en la ficción como laboratorio del futuro cercano, y punto de encuentro entre arte, ciencia y tecnología. E-mail: hernan (arroba) proyectoliquido.net
Twitter: @hernanpl

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